Los encargados de trasladar a los viajeros eran los llamados mozos de silla o portadores, jóvenes que cobraban un real a primeros de 1600 por el servicio de ida y vuelta, cantidad que posteriormente se elevó, según el Pregón de la Villa de 1613 “que los mozos de sillas no pueden llevar ni lleven por cada persona que llevaren en la silla dentro de la villa, de ida y vuelta de la parte donde la llevaren, más de real y medio cada uno bajo pena de vergüenza pública y cuatro años de destierro y veinte ducados para la Cámara de Su Majestad y denunciador…

El colectivo de mozos de sillas estaba sujeto por otra ley de 1611 que regulaba entre otras cuestiones, que ninguna persona pudiera ejercer de mozo de sillas en la corte “sin tener licencia para ello, y habiéndole tasado lo que hubiere de llevar…” Y lo que hubiere de llevar consistía en el correaje utilizado para apoyar el peso de las sillas en los hombros de los mozos. Estas y otras disposiciones tenían su origen en la gran cantidad de jóvenes holgazanes y vagabundos que llegaban a la capital en busca de oficios de poca especialización. Por ello, gran parte de estos muchachos trabajaban como porteadores de sillas porque solo se les exigía una buena constitución física.

Otro capítulo de la vida de estos jóvenes fue el de las fechorías y aventuras que corrían, tanto viajeros como ellos, en determinados momentos de su actividad. Escritores como Tirso de Molina o Francisco Quevedo citaron en sus obras la picaresca de los mozos. Cuentan que a veces se asociaban a bandas de pillos y ladrones ofreciendo información sobre el patrimonio de sus clientes a cambio de algún beneficio económico o material.

Otro prestigioso escritor que habló de este oficio en su obra fue Leandro Fernández de Moratín tal y como lo recordó en su comedia El Café: “Los cómicos iban al teatro en sillas de manos, lo cual proporcionaba a la turba alegre de los apasionados frecuente ocasión de manifestarlas el aprecio que hacían sus gracias y su habilidad. Otras veces, ni las cortinas ni el rebozo de los capotes, ni la celeridad con que las gallegas las conducían, bastaban a libertarlas de los insultos más soeces…”. En este relato aparece un detalle de interés, también hubo mozas de sillas en la conducción de estos transportes.

Texto incluido en nuestro libro ‘Historia del taxi de Madrid

Sillas de Mano