En 1567 la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y de las Angustias -encabezada por la nobleza y algunos religiosos- se estableció en el Convento de la Victoria. Las limosnas que obtenían eran cuantiosas, así que pensaron en dar un buen fin a estos donativos. En un primer momento, se recogerán a las personas convalecientes que salen de los hospitales. Será en 1572 cuando se piense en dar asilo a los niños recién nacidos que aparecían en las calles o portales.

En 1587 se acordará el traslado de los expósitos junto a sus matronas a una casa de la Puerta del Sol. Allí se acogían a niños de padres desconocidos, a los que nacían en los Desamparados, Casa de la Esperanza, Hospital de la Pasión y los que depositaban en el Refugio. Estos establecimientos abonaban 18 reales de vellón mensuales.

Llegó un momento en que era tal el número de niños abandonados, que la cofradía sufrió apuros económicos, razón por la que decidieron pedirle ayuda al Rey; quien respondió ofreciendo una ayuda anual de 10.000 ducados.

A pesar de todos los intentos, en 1654 la Cofradía se extinguió pero no la actividad. Siglo y medio después, una Junta de señoras de honor trasladó la administración de la inclusa a la Galera Vieja, en la calle del Soldado. Poco después cambiaron a Mesón de Paredes.

Muy cerca de este colegio estaba el de Niñas de la Paz, sujeto también a la Beneficencia, que absorbió finalmente a la Junta de señoras. La misión del nuevo establecimiento siempre mantuvo el mismo lema: recoger a cuantos niños abandonados aparecieran a sus puertas.

El procedimiento para albergar a un niño era siempre el mismo. Nada más llegar pasaba por la Sala de los Collares donde se les tomaba nota y se les colgaba su inscripción en un plomo que pendía del cuello. A continuación eran bautizados y después cada uno era asignado a un ama.

En la inclusa había nodrizas y amas, que eras las mujeres que venían de fuera para llevarse a los niños a sus pueblos. Los dormitorios de las amas estaban al lado de las salas de lactancia. Los horarios estaban muy organizados y casi nunca cambiaban.

En invierno se levantaban a las seis de la mañana para darles de mamar y dos horas después les aseaban y vestían para volver a darles el pecho. A las dos les alimentaban de nuevo y a las tres rezaban el rosario. A las seis de la tarde les volvían a poner al pecho y después dormían hasta las ocho, hora en que les entretenían un rato y a última hora les daban la última toma.

Las Hermanas de la Caridad eran quienes se encargaban de la lactancia y el destete. Una era la responsable del lavadero a cuyo cargo tenía cuatro amas, otra estaba al frente de la cocina junto a dos amas y otra se hacía cargo del destete de los niños.

La Inclusa acogía a niños de hasta siete años. A partir de esta edad, los varones pasaban a las segundas casas de socorros, llamadas de los Desamparados; mientras que las niñas iban al Colegio de la Paz. 

Más información en “Pasajes históricos de Madrid” de Ángel J. Olivares Prieto.