Claudio Moyano, político de ideología liberal, fue diputado y ministro de Fomento. Se opuso en las Cortes a la desamortización municipal de Pascual Madoz e impulsó la reforma del sistema educativo en España, entre otras iniciativas de carácter público. Nació en Zamora en 1809 y murió en Madrid en 1890. Diez años tardó en rendir homenaje el pueblo madrileño a este insigne personaje. Lo hizo el 10 de noviembre de 1900, con la erección de una estatua realizada en bronce por el escultor Agustín Querol, aunque el coste de la misma, 37 000 pesetas, se cubrió a través de una suscripción pública abierta por un grupo de profesores universitarios.

El monumento se colocó en la calle de Atocha. Años después fue retirado, con la excusa de que había que habilitar espacios para dar mayor cabida al tráfico, y se llevó al patio del instituto que lleva el nombre del político zamorano. Y ahí quedó olvidado don Claudio durante varias décadas. Nadie lo echó en falta, nadie reivindicó su vuelta a la estatuaria callejera. Pero durante esos años de “exilio”, Claudio Moyano fue útil para otra actividad que nada tenía que ver con la de la docencia que él impulsó en vida: la estatua sirvió como poste de una portería de fútbol a las generaciones de alumnos que jugaron en el patio de dicho instituto.

En 1982 se conmemoraba el ciento veinticinco aniversario de la aprobación Moyano. El entonces alcalde de Madrid, Tierno Galván, cayó en la cuenta de rendirle homenaje. Alguien recordó que en un instituto se depositó, tiempo ha, una estatua de este personaje. Se recuperó, restauró y fue colocada en la cuesta que lleva el nombre de Claudio Moyano, en la esquina del paseo de los libreros, que va desde la glorieta de Atocha hasta la entrada al Retiro por la calle de Alfonso XII.

Texto incluido en nuestro libro ‘Disparates de la historia de Madrid