Las primeras bibliotecas de Madrid

Sin duda existieron desde muy antiguo bibliotecas particulares, pero la primera institución que abrió una biblioteca en la provincia fue la Universidad de Alcalá de Henares. Creada a principios del siglo XVI por el arzobispo de Toledo, cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, contenía muchos manuscritos en diversos idiomas como latín, griego, árabe y hebreo. A pesar del aprecio del cardenal por los libros, no hay que olvidar que años antes había mandado quemar más de cinco mil volúmenes en Granada como presión para que los musulmanes se convirtieran. En un triste precedente de la destrucción de libros por motivos ideológicos o religiosos, solo se salvaron algunos, fundamentalmente de medicina, que fueron a parar a la propia biblioteca de Alcalá.

Si nos restringimos a la propia capital, la biblioteca más antigua es probablemente la del Colegio Imperial de los jesuitas en la calle Toledo, del que fueron alumnos escritores tan conocidos como Lope de Vega, Calderón o Quevedo. Desde que se fundó el colegio en 1560 tuvo biblioteca, cumpliendo el mandato de San Ignacio de Loyola de que hubiera “librerías” en todos los centros de la orden.  Comenzó con unos veinte mil volúmenes, que poco a poco fueron aumentando gracias a donaciones y a los ingresos que obtenían por la venta de algunas de las obras de la congregación, como el catecismo del Padre Ripalda. En 1647 el descuido de uno de los hermanos, que dejó una vela encendida en uno de los roperos, provocó un incendio que se propagó con rapidez. Antes de que llegara a la biblioteca, los residentes optaron por salvar los libros tirándolos por la ventana hacia un patio interior, con el consiguiente daño para los volúmenes. A pesar de ello, consiguió ser considerada la biblioteca más importante de la época. Más convulsa sería su situación en el siglo XVIII debido tanto a las expulsiones que sufrió la Compañía de Jesús como a los continuos problemas de organización.

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Como veremos, la influencia de los distintos monarcas fue también determinante para impulsar la creación de importantes bibliotecas. Por ejemplo, Felipe II, cuando planeó construir el Monasterio del Escorial, decidió incluir una biblioteca, que además debía ser el segundo elemento más importante del edificio tras la propia iglesia. En la formación de dicha biblioteca participaron algunos de los mayores estudiosos de la época y, a los fondos aportados por el propio Felipe II, se unieron los de las bibliotecas de algunos particulares próximos al monarca, así como otros libros que se fueron adquiriendo a libreros extranjeros. No estaba concebida como una biblioteca pública, si bien en el ánimo de Felipe II estaba que pudieran acudir los eruditos a consultar sus volúmenes. El problema era que la distancia a la capital disuadía a muchos de ellos. Como le escribió el canónigo León de Castro al secretario del Rey «allí, aunque sea grandeza de librería real, será tesoro debajo de tierra».

Fue en tiempos del nieto de Felipe II, Felipe IV, cuando se construyó una biblioteca en el propio Alcázar. Interesado por los libros, el monarca quiso tener, además de la de El Escorial, una biblioteca propia a la que pudiera asistir a diario. Además, lejos de la grandiosidad de la biblioteca escurialense, su idea era que estuviera formada por ejemplares que realmente le resultaran útiles. Para instalarla se eligió la llamada Torre Alta, una torre que Felipe II había mandado construir en la esquina suroeste del Alcázar. El encargado de formar la biblioteca fue Francisco de Rioja, persona próxima al Conde Duque de Olivares, el valido del monarca. El origen de los libros no está claro, aunque parece que parte de ellos eran regalos que recibía la familia real o libros que los propios autores presentaban al monarca. También en otros que han sobrevivido hasta nuestros días se pueden leer anotaciones que confirman que procedían de otras bibliotecas particulares. La lista de los ejemplares elegidos la detalló el propio Francisco de Rioja en un Índice de los libros que tiene Su Majestad en la Torre Alta deste Alcázar de Madrid elaborado en 1637. Como algunos volúmenes se trasladaron tiempo después a la Biblioteca Real,  estudiosos como Fernando Bouza han seguido la pista de varios de esos ejemplares hasta la Biblioteca Nacional.

Extracto del libro ‘Madrid y los Libros’