Aunque todavía quedaba mucho por hacer en cuanto a ornamentación interior, la última piedra de la edificación fue colocada en una cornisa del patio de Reyes, el 13 de septiembre de 1584, en presencia del mismo Felipe II y, esta vez sí, de su voluntarioso fray Antonio de Villacastín. Está emplazada en el lado izquierdo según se entra al templo, señalada con una pequeña cruz en la cornisa, encima de una pilastra, y próxima al empizarrado, resultando difícil de identificar. Sin embargo, justo encima, ya en el tejado, se perfila una silueta que parece ayudar a su localización, hecha solo a base de modificar la disposición de las pizarras. El Padre Sigüenza lo explicaba así:

… en este mismo año de 1584 se puso la última piedra de todo el cuerpo y cuadra de esta casa, en lo que toca a cantería… Está asentada en la cornija del pórtico o patio; delante de la iglesia tiene una cruz, aunque desde abajo no se percibe, más encima de ella, en el mismo empizarrado. Está hecha de suerte que la punta baja de la cruz señala cual es la piedra…

Pues bien, al cabo de aquellos veintiún años transcurridos desde 1563 a 1584, había emergido entre los pliegues de la sierra de Guadarrama una gigantesca mole pétrea que asombraba a los visitantes que empezaban a llegar, cuya admiración procedía tanto por sus enormes dimensiones como por su peculiar , novedoso y desconocido estilo arquitectónico.

Efectivamente, el monasterio era singular por su tamaño, equiparable a San Pedro en Roma o quizás la catedral de Sevilla. Claro que los viajeros de entonces no disponían de las comparativas actuales y escasamente podrían valorar sus dimensiones respecto de otras deificaciones contemporáneas. Y también, provocaría extrañez su estilo, muy distante de lo gótico, por entonces llamado “moderno” y tampoco fácilmente equiparable al clasicismo proveniente de Italia. Todavía habría que esperar algunos años para empezar a entenderlo y llamarlo propiamente renacentista y, sobre todo, ostensiblemente desornamentado, que era lo que los visitantes percibían ya tras la primera ojeada a sus cuatro fachadas.

Se explica que para festejar la culminación de tan larga empresa, pocos días después de aquel 13 de septiembre de 1584 con la colocación de la última piedra, los monjes prepararon en una celda del claustro principal

Una buena merienda de gallinas, perdices y perniles de tocino, piernas de carnero, fiambre, tortillas de huevos con torreznos y buñuelos, quesos, rábanos, cardos, escarolas, mermeladas y muchas confituras con otras menudencias.

Así lo escribía el cronista fray Juan de San Jerónimo, que no solía falta a la verdad, de manera que estas “menudencias” delatan que las celebraciones no iban muy a la zaga de las actuales.

Texto incluido en nuestra novedad: Crónica de San Lorenzo de El Escorial: Monasterio, pueblo, paisaje