Esta pequeña plaza a la que hemos llegado no es demasiado agraciada ni cuenta con arquitectura especialmente reseñable, salvo por supuesto la iglesia a la que debe su nombre.

El origen desde Madrid del famoso camino a Compostela está en esta iglesia del Apóstol Santiago. Aunque la leyenda cuenta que ya existía en tiempos de los godos, lo cierto es que es otra de las diez del Fuero de 1202 y que están registradas, por su importancia, las rogativas que en ella se hicieron durante la peste de 1438. También se veneraba aquí una imagen de la virgen de la Esperanza con fama de milagrera y por la que Felipe II tenía especial devoción.

La iglesia fue reformada en el siglo XVII, como no, por Juan Gómez de Mora. Y ahí se mantuvo hasta su destrucción por un incendio en el año 1808, lo que permitió su reconstrucción por Juan Antonio Cuervo en 1811. Cuenta con el mérito de ser la última iglesia de estilo neoclásico de Madrid, de rigurosas y ordenadas formas y fachada de ladrillo y piedra. En su bello y luminoso interior de planta de cruz griega de lados iguales, podemos ver, entre otras interesantes obras, una representación del Apóstol realizada por Francisco Ricci, uno de los mejores pintores barrocos españoles.

En esta iglesia se expuso el cuerpo sin vida de Mariano José de Larra. Fue una de las primeras ocasiones en que la autoridad eclesiástica permitió velar en una iglesia a alguien que se había quitado la vida, como lo había hecho el gran poeta romántico en su cercana vivienda de la calle Santa Clara.

Fuera, una inscripción en el pavimento nos informa de que aquí se asentaba el palacio del Duque de Lemos, mecenas de Cervantes y editor de la segunda parte del Quijote. Vamos a salir de la plaza. A ella, si tienen ocasión, hay que volver la tarde del Domingo de Ramos, ya que su esquina con la calle de la Cruzada es un buen lugar para presenciar la procesión de la Cofradía de los Estudiantes que por aquí pasa.

Salgamos pues por la calle de la derecha de la iglesia, la de Santa Clara, llamada así por que aquí se ubicaba el convento de ese nombre que antes mencionamos. Al bajar a nuestra derecha, podemos ver una librería especializada en temas musicales y que tiene doble mérito: el de haber mantenido la antigua fachada del anterior negocio de “Frutos Coloniales” y el de ser uno de los pocos establecimientos dedicados a la música, de los que antes abundaban en el barrio por su cercanía al Real, que no ha sucumbido a las franquicias de comidas rápidas o de recuerdos turísticos.

Desembocamos en la calle Vergara y por ella, a su derecha, para llegar a la siguiente plaza, la séptima de este recorrido.

Texto incluido en el libro ’50 Plazas del Viejo Madrid’