Una de las calles más pintorescas y curiosas de la corte es, sin lugar a dudas, la Cava Baja. No solamente era la representación de la villa, sino también de los pueblos de la comarca, con sus posadas y mesones históricos bien conocidos. Según la geografía madrileña, la Cava Baja era como una mina o pasadizo que los árabes emplearon para salir y entrar, aunque sus puertas estuviesen alzadas. Esa “mina” o pasadizo tenía su salida por debajo de la puerta de Moros. Por este pasadizo escaparon los árabes y sus familiares, llevándose todo cuanto tenían, cuando Ramiro II arrasó la villa, y luego, cuando la conquista definitivamente Alfonso VI. Posteriormente fue llamada Cava de San Francisco, por salir en dirección del convento fundado por el seráfico patriarca; la referida mina fue cerrada posteriormente porque se convirtió en guarida de truhanes y malhechores.

Por esta Cava y sus mesones han pasado toda la vida trajinantes y trashumantes de España, hasta que las vías de ferrocarril sustituyeron a los carromatos y diligencias, pero todavía seguía de punto de parada a los vecinos y labriegos de los pueblos comarcales de la carretera de Extremadura, sin establecer gran distinción entre las antiguas diligencias de San Martín de Valdeiglesias y de Villaviciosa de Odón.

En las posadas de la Cava se trataba la cotización del trigo y del vino de Méntrida o de Cadalso de los Vidrios, se chalaneaba el precio de las caballerías, para la feria de los jueves que se celebraba en el mercado del paseo de los Pontones. Era, a su vez, centro de recaderos y ordinarios, y de allí salía para los pueblos todo lo que en ellos faltaba, proveyéndose sobre todo de las tiendas de la calle de Toledo. En una ocasión de uno de los mesones salió el recadero hacia el pueblo de Móstoles, el cual llevó la noticia de los desmanes de las tropas de Murat en Madrid, dando lugar a que su alcalde, Andrés Torrejón, lanzara el grito de guerra contra las tropas francesas.

Bellos recuerdos nos trae esta Cava Baja que con la marcha de los moros quedó la nostalgia de la morería soterrada y, como último barranco de la villa que tenía a su lado la puerta de la Sierpe, la puerta más a trasmano de la ciudad y a la que se dio el nombre de Puerta Cerrada, por ser sitio cerrado en evitación de robos y desmanes, puesto que allí se guarecía la peor gente de la villa, cuya principal gracia era la de quitar la capa al forastero.

Texto incluido en el libro Historias del Antiguo Madrid.