Estuvo situado en la Fuente Castellana, en el paseo del mismo nombre. A alguien se le ocurrió trasladarlo un día a la plaza de Manuel Becerrera, donde permaneció durante décadas, para después viajar —quién sabe si de momento— a su emplazamiento actual, en el parque de la Arganzuela.

En el espacio que hoy ocupa la glorieta de Emilio Castelar estuvo situada la llamada Fuente Castellana, que mandó construir Fernando VII con motivo del nacimiento de su hija, la futura reina Isabel II. Las obras comenzaron en 1833 bajo la regencia ya de María Cristina de Borbón. Tres años después se erigía en el conjunto de la fuente un obelisco. La obra de esta fuente-monumento, de estilo neoclásico, es del arquitecto Francisco Javier de Mariátegui y del escultor José de Tomás. Hasta 1838 no se concluyeron las obras. La fuente tenía un pilón de piedra berroqueña de setenta pies de diámetro interior, y sobre su fondo se levantaban el obelisco y dos esfinges de bronce con surtidores. En 1868 se sustituyó el pilón por un jardín y las dos esfinges se trasladaron al parque del Retiro. El obelisco es una columna estriada de veinte metros de altura, rematada por una estrella polar en bronce. Es de granito rojo, que contrasta con el granito y la caliza blanca del basamento y las piezas escultóricas.

En 1906 Mariano Benlliure había hecho un monumento dedicado a Emilio Castelar, costeado por suscripción pública, y que en principio se iba a colocar en la plaza de Cibeles, pero se decidió después situarlo en la de Cánovas del Castillo, aunque terminó en el espacio de una plaza, en medio de la Castellana, que es la de Emilio Castelar. Esto hizo que se remodelara la glorieta y se desmontara la Fuente Castellana, que pocos años después, en 1914, volvió a montarse, junto al obelisco, en la plaza de Manuel Becerra, y se recuperaron la esfinges de bronce que habían permanecido en el Retiro.

Pero no acababa aquí el devenir errante de este monumento. En 1969 fue de nuevo desmontada debido a la construcción de un paso subterráneo bajo la plaza. Su nuevo destino fue el parque de la Arganzuela, junto al río Manzanares. La mala calidad del terreno, que antes eran huertas, exigió la construcción de pilotes a quince metros de profundidad, sobre los que se colocó el obelisco. Se situó dentro de un estanque de cien metros de largo por sesenta de ancho, con distintos surtidores de agua. Las obras de soterramiento de la M-30, realizadas entre 1992 y 1995, obligaron a quitar el vaso y los surtidores. Algunos sillares fueron reutilizados como material de construcción en los trabajos de remodelación del parque.

Texto incluido en el libro ‘Disparates de la historia de Madrid‘.