Plaza del Arrabal, plaza Mayor, plaza de la Constitución, plaza Real, plaza de la República Federal, plaza de Calvo Sotelo… Este emblemático foro de reunión del antiguo Madrid ha tenido muchos nombres a lo largo de su historia desde su creación urbanística y su regulación comercial a finales del siglo xv, durante el reinado de los Reyes Católicos.

La plaza ha vivido toda serie de actos solemnes que marcaron la vida de la villa y de la corte: corridas de toros, torneos de caballeros, proclamaciones de reyes, procesiones, beatificaciones, autos sacramentales, mercados, representaciones teatrales, carnavales… Pero si algo ha dejado una impronta de misterio y terror en ella han sido las ejecuciones y los autos de fe que tuvieron lugar allí. 

Según el tipo de condena, el emplazamiento del patíbulo variaba. Delante del portal de Paños se aplicaba el garrote vil. La horca se instalaba delante de la Casa de la Panadería, y las degollaciones a cuchillo o con hacha se llevaban a cabo frente a la Casa de la Carnicería. Las ejecuciones públicas cesarían en 1805, cuando se trasladaron a la plaza de la Cebada. Se calcula que unas 350 personas en total fueron ajusticiadas en la plaza Mayor durante ese tiempo.

Esta plaza ha sido escenario de la muerte de muchísimas personas, por ello se dice que en las casas del entorno han tenido lugar hechos misteriosos, han paseado almas en pena y fantasmas de algunos ejecutados. Los condenados a muerte procedían en su mayoría de la cercana cárcel de la Corte, hoy día Ministerio de Asuntos Exteriores.

Uno de los ajusticiados más famosos que murieron en esta plaza fue don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias. Llegó a ser secretario del duque de Lerma, el valido del rey Felipe III. Murió degollado en 1621, acusado de brujería y de asesinar a varias personas por encargo. Fueron tales su temple y su dignidad en el patíbulo ante su cercano fin que desde entonces se acuñó la frase «Tienes más orgullo que don Rodrigo en la horca».

Durante el siglo xvii, con la Inquisición en pleno apogeo, el cadalso estaba en constante actividad. Se celebraban autos de fe en los que se castigaba a ser quemados en la hoguera a herejes, brujas y endemoniados. El auto de fe más multitudinario y documentado tuvo lugar en 1680, durante el reinado de Carlos II. Fueron condenadas ciento veinte personas a la hoguera, y otras a penas como cárcel, azotes, destierro o galeras. Hasta 1765 no cesarían en esta plaza las ejecuciones del Santo Oficio.

No es de extrañar que en las oscuras y peligrosas noches de la época, sin apenas alumbrado público, nadie se aventurara a pasar por allí. Más de un viandante había oído en las frías noches madrileñas lamentos de condenados y gemidos de sufrimiento de ajusticiados. Personas que caminaban por los soportales y funcionarios que trabajan allí en las oficinas del ayuntamiento se han tropezado más de una vez con sombras de almas en pena que vagan por esta zona…

La plaza, además, ha sufrido tres grandes incendios a lo largo de su historia, en 1631, en 1672 y en 1790. En ellos, perecieron bajo el fuego algunos vecinos de la plaza que no pudieron escapar de las llamas. Sus espíritus dolientes permanecen en el lugar en busca del descanso eterno.

Texto incluido en el libro ‘Fantasmas de Madrid: Sucesos, misterios y leyendas