Nos encontramos en el Madrid de principios del siglo XX. En los ambientes culturales soplan vientos de cambio, de ruptura, que se manifiestan en la irrupción de Modernismo en las artes, en las letras, en la percepción de la sociedad por parte de toda una generación de intelectuales que pondrán el broche a la “Edad de Plata” de las letras castellanas.

Mientras los madrileños de a pie hacen frente a las dificultades de la vida, las gentes de cultura caen rendidas a la dolce vitta, a los ecos bohemios del París despreocupado, brillante y gamberro de café y tertulia literaria. Muchas ciudades en una, a la llegada del siglo xx Madrid es el lujo de la Corte y es el aguador que malvive de sol a sol, es agitación política y la placidez del café burgués.

Hubo un café junto al Teatro de la Comedia, en la calle del Príncipe, emblema y refugio del modernismo madrileño. Por sus mesas, en animada tertulia, pasaron los hermanos Álvarez Quintero, Muñoz Seca, o Carlos Arniches entre otros, todos bajo el liderazgo intelectual de Jacinto Benavente. Valle-inclán se dejaba ver por allá tomando nota de ese ambiente que plasmaría en Luces de Bohemia. Actrices y actores del contiguo Teatro de la Comedia aparecían también cuando acababan las funciones, junto a los directores y escritores de sus representaciones. No habían de andar mucho pues El Gato Negro, que tenía una fachada con grandes ventana a la calle, disponía también de una entrada secundaria por el interior el propio teatro.

Pero El Gato Negro no siempre se llamó así. Su fundador Leopoldo Méndez lo inauguró en 1904 como Cervecería del Príncipe, aunque su gerencia duró poco pues un año después y aún con su primitivo nombre, lo regentaba Manuel Díaz. El paso de Manuel fue efímero pues en 1907 lo adquirió el empresario teatral Tirso García Escudero que lo inauguró el 22 de octubre de ese año con el nuevo nombre El Gato Negro, que registró formalmente el 6 de noviembre. En ocasiones las tertulias noctámbulas perdían a partir de la medianoche el protagonismo a los conciertos del sexteto que bajo la dirección del maestro Barbero tenían lugar en los primeros años de la década de 1910. La leche “de la sierra” y el chocolate y los fiambres selectos en raciones de a peseta acompañaban aquellas veladas musicales.

Pero lo que para unos representaba un ambiente de glamour cultural era descrito por otros como un decadente intento de imitación de la bohemia parisina. Ramón Gómez de la Serna, líder de su propio grupo que se reunía en el café Pombo, describió El Gato Negro como “un café banal desde el principio, con sus fatos de bazar. Era un remedo incongruente del célebre Gato Negro parisiense”.

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