Había otras innumerables curiosidades que uno podía encontrar en Madrid durante el trascurso del día. Así, en el piso en el que vivíamos, en la última planta del edificio, descubrí que, cuando el tiempo era frío, si queríamos que los radiadores se calentaran, teníamos que “purgarlos” uno a uno. Usando una llave pequeña especial se dejaba escapar el aire frío almacenado en todas las plantas inferiores que venía crepitando y salía por una pequeña abertura en un lado del radiador hasta que finalmente aparecían borboteando unas gotas de agua caliente y entonces el radiador comenzaba a calentar.

Otro desafío era aprender el truco de cómo fijar la cabeza de la bombona de gas butano que traía a hombros un hombre corpulento y que suministraba gas a tu cocina y calentaba tu agua. Después de una larga lucha sin éxito por mi arte, mi esposa señaló un anillo de metal en la cabeza del cilindro que debía ser presionado para hacer la conexión correcta. Otra curiosidad que me sorprendió en aquel tiempo fue que cuando comprabas unos cuantos sellos de correo en la tabacalera, el dependiente los envolvía cuidadosamente en papel, como si fueran un paquete. Por otro lado cuando comprabas una barra de pan en una panadería. Te la entregaban sin ningún tipo de envoltura, como también se hacía en Francia. Pero supongo que todo esto no debería haberme sorprendido demasiado ya que recordaba que en el primer hotel en el que me alojé en París el papel higiénico consistía en periódicos cortados en trozos y que en Londres las tiendas que vendían fish and chips los entregaban envueltos en un papel de periódico.

En los restaurantes me di cuenta de que los postres generalmente se tomaban con cuchara en lugar de tenedor y que era casi imposible que te sirvieran el café junto con el postre y que te trajeran tu comida y especialmente tu café muy calientes. Sin embargo, algunas costumbres parecían una gran mejora con respecto a las de los Estados Unidos. En los restaurantes nunca te traían la cuenta a la mesa hasta que no la pedías al final de la comida, un cambio bien recibido a la práctica americana de metértelo bajo la nariz mientras tomabas aún el postre o incluso antes.

Pronto descubrí  la gran ventaja de que los billetes del Metro y de los autobuses, como también  los sellos se podían comprar en mi estanco habitual, así que no tenía que hacer cola durante una media hora en una oficina de correos. Y, a diferencia de Nueva York, en cada barrio había farmacias con un sistema de turnos de forma que siempre  había alguna abierta durante toda la noche y los domingos para vender medicamentos.

 

Texto incluido en nuestra novedad ‘Un yanqui en el Madrid franquista’.

Un Yanqui en el Madrid Franquista