La mayoría de las personas que viven en Madrid, alguna vez, o múltiples veces, han dado una vuelta por la calle de Claudio Moyano, más conocida por la ‘Cuesta de Moyano’, que desciende desde la calle de Alfonso XII, frente al Parque del Retiro, a la Glorieta de Atocha, en la que se hallan 30 casetas de madera rebosando libros, la llamada Feria Permanente del Libro.

Un paseo para ojear las casetas de libros de segunda mano, independientemente de si uno está buscando una edición barata de algún autor favorito o simplemente curioseando entre los volúmenes expuestos, ha sido un pasatiempo favorito para los amantes de los libros desde las primeras décadas del siglo XX. Era entonces cuando ya existían ferias que se instalaban en los alrededores de la estación de ferrocarril de Atocha.

Por aquel entonces, las ferias consistían en desvencijadas casuchas montadas por los propios libreros. En 1918 el pintor Gutiérrez Solana recordaba junto a las baratijas, todos los libros de desecho de las tiendas de viejo de las calles de la Adaba, San Bernardo, Pez y Jacometrezo en estos destartalados barracones emplazados en el Prado de Atocha. Veía restos de bibliotecas cuyos volúmenes la gente acumulaba en vida con tal avidez que era como si quisiesen coleccionar todo lo que se hubiera escrito pero que ahora, ya fallecidos, no eran más que una carga pesada e inútil para la familia, por lo que los han malvendido. Libros que en montón, sin catalogar por falta de tiempo, unidos a otros de cierto valor para atraer la atención de los lectores de barato, aparecían en la Feria de Atocha.

De esta manera seguían los caóticos y míseros puestos alrededor de la Estación de Atocha, hasta que finalmente en 1921 los libreros, desde sus tenderetes, insatisfechos de estar mezclados con vendedores de fritanga, cascajo, juguetes y carritos de mercadería miserable y material adulterado en su derredor, reivindicaron y solicitaron, hasta conseguir con gran dificultad, la licencia para instalar sus mercancías en un mercadillo aparte, junto a las tapias del Jardín Botánico. Se defendían de las críticas por la falta de estética de sus instalaciones, alegando el beneficio que reportaba la feria a los estudiantes pobres al brindarles la oportunidad de adquirir libros por poco precio. Así, los miserables galpones levantados con tablas carcomidas y lonas mugrientas, abandonaron Atocha y agrupados ofrecieron sus mercancías a visitantes, bibliófilos, estudiantes, paseantes en general. En la verja del Botánico durante determinadas épocas del año, sobre todo en otoño.

Ramón Gómez de la Serna, que la denominó Feria del Boquerón, debido a que por aquella época los libros se vendían a quince céntimos, el mismo precio que el boquerón, escribió: ‘El primer día de feria de los libros, hay en Madrid algo como una apertura de curso de los que ya no cursan nada, de los escritores, los críticos y los vagabundos literarios. Los más vivos, los que tienen bien señaladas las fechas en un libro de notas, van a ese primer día y se llevan lo mejor. Al día siguiente ya faltan los libros impares y únicos…’.

Texto incluido en nuestro libro ‘La cripta de los libros’.

La cripta de los libros