Junto con el pan, los huevos, frutas, verduras y legumbres ocuparon  un lugar fundamental en la dieta de los madrileños hasta bien entrado el siglo XX. El  comercio al por menor de estos  productos, ya fuera en tiendas o de forma ambulante,  era realizado sobre todo por mujeres. En su estudio sobre las trabajadoras madrileñas en el siglo XVIII la investigadora  Victoria López Barahona señaló la gran presencia de mujeres procedentes  de Fuencarral en los puestos de venta de huevos situados en la Plaza Mayor y otros lugares de la capital. Algo lógico, si recordamos la clara vocación madrileña de los campesinos y comerciantes de nuestro pueblo.Las foncarraleras acabaron formando parte del paisaje urbano madrileño. El nombre de fuencarralera o foncarralera, que de las dos formas se decía entonces, acabó siendo en el argot madrileño sinónimo de campesina o vendedora procedente del campo que se acercaba a la gran ciudad para vender los productos de la tierra.

Todas las mañanas salían hacia la capital varias decenas de mujeres con su carga de alimentos frescos. Recorrían los 11 kilómetros que separaban el pueblo de la ciudad caminando por la antigua Carretera de Francia, hoy calle de Bravo Murillo. El  camino  en el siglo XVIII carecía ya de árboles y era tenido como duro. Penetraban en Madrid por la entonces Puerta de Fuencarral, sita en actual  glorieta de Ruiz Giménez. Se esparcían entonces por la ciudad voceando su mercancía. Se las conocía a veces por las naberas o hueveras, según vendieran uno u otro producto. Llegaban a Madrid muy pronto, pudiendo encontrárselas a partir de las  siete de la mañana.  La mayoría vendían en sus puestos fijos de la Plaza Mayor, Santo Domingo, la Red de San Luis y otros lugares concedidos por el Ayuntamiento capitalino para la venta de abastecimientos. También hubo numerosas vendedoras ambulantes y algunas  que servían siempre a determinadas casas. Eran parte integrante de una ciudad que carecía de elementos para la conservación de la comida y por ello sus vecinos se veían obligados a una compra casi diaria de los suministros necesarios. Eran claramente reconocibles para la población madrileña por su atuendo campesino, sus monteras de pelo de lejana raíz segoviana  y sus fuertes gritos pregonando lo que vendían. Por supuesto que de otros pueblos también se acercaban campesinas para vender sus productos, pero las fuencarraleras , por su mayor número y presencia, pasaron a ser algo así como las representantes del campo en la ciudad. Como tales, inspiraron numerosas piezas literarias  de carácter costumbrista que  pretendían reflejar su curiosa forma de ser en contraposición a los madrileños que las solicitaban.

Don Ramón de la Cruz les dedicó dos piezas, una zarzuela y un sainete que tituló precisamente Las Foncarraleras. En la zarzuela, que fue de bastante éxito en su época, nos muestra cómo dos parejas de pícaros fuencarraleros burlan a dos petimetres de Madrid. El sainete nos refleja un ambiente rural  contrapuesto al urbano. El teórico teatral de la época, José Antonio de Armona y Furga utilizaba precisamente el nombre  de fuencarralera como ejemplo de figura definida y clara. De hecho, nos hemos encontrado piezas como la tonadilla a dúo El Usía y la Fuencarralera, donde no se hace ninguna alusión al pueblo y se usa el nombre de fuencarralera para dar a entender que es el dialogo de un madrileño con una campesina. Tan sólo nos hemos encontrado con una alusión literaria a los fuencarraleros, los hombres que acudían a vender diariamente a la Corte. La causa se encuentra en su  número, claramente inferior, pero, sobre todo, en que carecían del atractivo (digámoslo así) que tenían sus compañeras femeninas para los escritores y el público al que destinaban sus obras.

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