Hasta el inicio de los años sesenta, la mayor preocupación de los madrileños era trabajar para alimentar a sus familias y, si les era posible, comprar una vivienda. En aquellos años, el trabajo no faltaba pero el coste de la vida había subido estrepitosamente desde el final de la guerra civil. La alimentación y el vestido habían pasado de un valor de 100 en 1936 a un índice de 1161 en 1963, según el alcalde Inchausti.

La vivienda había subido mucho menos gracias a la política de alquileres baratos recogida en la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1956. Pero los salarios eran muy bajos, razón por la que, en muchos casos, eran necesarias las horas extraordinarias.

El nivel educativo y cultural de los habitantes de Madrid era bastante bajo hasta los años sesenta. Había un ocho por ciento de analfabetos declarados que no sabían leer ni escribir, sobre todo, mujeres. Este porcentaje se vería incrementado si sumamos a quienes sabiendo leer y escribir no lo hacían con soltura y entendimiento, porque no habían ido casi a la escuela. Muchos jóvenes tenían que abandonar los estudios para ponerse a trabajar y aportar dinero en casa.

El tiempo libre de la mayor parte de la clase trabajadora era muy escaso. Las largas jornadas de trabajo y la carencia de medios de transporte restringían esta posibilidad. Alrededor de un 40% de la población disponía de dos horas de ocio al día que dedicaban fundamentalmente a la televisión, un aparato que, a mediados de los años setenta, estará presente en el 69% de los hogares madrileños. Otras alternativas de ocio serían el fútbol y el cine.

El crecimiento económico y cultural fue en ascenso cuando las necesidades primarias y fundamentales se vieron cubiertas. La enseñanza, la sanidad, el ocio y la cultura fueron frentes de lucha.

Más información en Historia breve de Madrid, de Rosalía Ramos y Fidel Revilla.