Era Bernardo Rico, un emigrante gallego procedente de Lugo, quien en 1875 compró por 300 reales un puesto de libros que lindaba con el Palacio de Oñate en la travesía del Arenal. En realidad aquel hombre era un sargento de la guerra carlista con alguna experiencia en la trata de libros de lance.

Un lustro después de instalarse en Madrid compraría un pequeño local que es la tienda actual. Era un trabajador espabilado y muy pronto publicaría el Catálogo de los fondos de su librería, especializada desde el principio en libros antiguos, aprovechando la venta de bibliotecas de aristócratas venidos a menos, dada la coyuntura política y social del momento.

A los pocos años, un inmigrante andaluz procedente de Úbeda (Jaén), Gabriel Molina Navarro, entró a formar parte del negocio de Bernardo Rico. Tenía alguna experiencia como vendedor de libros, pero destacó principalmente por su honradez y eficacia.

En 1895 fallecía Berbardo Rico sin tener descendientes. Fue entonces cuando aquel empleado que se había casado con una sobrina del propietario se hizo cargo de la tienda, como apoderado de la viuda y como sobrino consorte. Tiempo más tarde, al morir la anciana mujer fue declarado heredero universal.

Por aquel entonces la tienda se llamaba “Librería de Bibliófilos Españoles” y era la representante y distribuidora de la Sociedad constituida por los amigos de los viejos libros. Sus viejas estanterías todavía albergan algunas joyas bibliográficas para los amantes de las publicaciones antiguas, que superan las trescientas.

Durante algún tiempo, aquella librería fue centro de reunión de escritores de renombre. No en vano en la casa se guarda la silueta de Pío Baroja y de Emilio Cortarelo. Y en la fachada aún se pueden leer carteles como “Libros antiguos”, “Ciencia y arte” y “Literatura e Historia”.

Más información en “Pasajes históricos de Madrid”, de Ángel J. Olivares Prieto.