Los madrileños que “veraneaban” en Madrid lo hacían en sus paseos y  el de Recoletos era uno de los preferidos. Las sillas de la acera de la izquierda (que costaban por estos años 10 céntimos) se llenaban de corrillos y de mamás con niños. Alguna jóven que esperaba encontrarse allí con su galán o quizás leer, bajo la atenta y vigilante mirada de la mamá, la carta del enamorado. Si no era muy diestro en el arte de las cartas de amor, podía comprar un modelo de eficacia probada en la Puerta del Sol. Tenía un paseo central solo para coches y dos calzadas para coches y los tranvías. Entre las tres calzadas, había dos paseos destinados a peatones, en ellos había numerosos quioscos de refrescos, flores, bancos y sillas. En uno de los paseos una parte estaba reservada para los jinetes. Este paseo, junto al de la Castellana y el del Prado, constituía, en los años de la República, la Gran Avenida de la Libertad.

Imagen estraída de nuestro libro: Imágenes del Madrid Antiguo.

Paseo de Recoletos, 1929, Madrid

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