La zona ya huele a tasca y a libreto. La calle de Echegaray, antes del Lobo, fue una de las más canallas de la capital, llena de garitos, prostíbulos, pensiones de mala muerte y tabernas flamencas adornadas de azulejos pintados por los mejores artistas como Enrique Guijo y Alfonso Romero. Aquí vivieron Tamayo y Baus, Espronceda y Zorrilla y hasta 2014 seguía abierto el Hotel Inglés, el más antiguo de Madrid después de la Posada del Peine, acogiendo huéspedes de el siglo XIX entre ellos Carlos Gardel, Clarín, Galdós o Matisse. Artistas, pintores, músicos, toreros, escritores y sobre todo políticos, por su proximidad al Congreso de los Diputados, ocuparon sus habitaciones en tiempos modernistas.

Hace años que cerró Los Gabrieles (Echegaray, 17), nombre castizo de los garbanzos, antiguo prostíbulo convertido en café cantante y sarao por donde pasaron los mejores trasnochadores de la capital como Julio Romero de Torres, Juan Belmonte, Ignacio Sánchez Mejías, Rafael El Gallo, Ava Gardner o Miguel Primo de Rivera. Todos artistas, toreros, políticos y escritores de billetera generosa. Sus noches flamencas fueron de escándalo, igual que la magnífica azulejería interior que decoraba todos los salones y reservados, la Capilla Sixtina del azulejo pintado. La serie de televisión Juncal, con Paco Rabal a la cabeza, se rodó en parte en este colmao, con sus azulejo de telón de fondo, donde siguen esperando una oportunidad. De todos los locales que aún mantienen el espíritu del pasado queda La Venencia (Echegaray, 7) con sus barriles de roble, sus cuentas de tiza y en el mostrador, sus tapas de huevas, su techo color pedrojiménez y sus finos que antaño se escanciaban con la venencia, el cacito cilíndrico que se muestra en la pared. Curiosa taberna que solo sirve vino de Jerez. Toda una religión.

En el callejón de Manuel Fernández y González (novelista sevillano romántico) el joven José Rizal, héroe nacional de Filipinas vivió en la primavera de 1883. Estudiaba oftalmología en el hospital de Atocha y durante unos meses se alojó en el número 7 de esta calleja, entonces llamada de la Visitación. Los dominicos y franciscanos de su tierra le acusaron de rebelión y murió fusilado en Manila por intentar que Filipinas fuera una provincia más de España y no una colonia con el fin de equiparar los derechos de malayos y españoles. En la taberna Viva Madrid (1856) se reunía con sus amigos como recuerda una placa junto al portal. Es uno de los comercios más antiguos y auténticos de la ciudad, tranquilo de día y bulliciosos de noche, con sonido de frascas de vino y vasos colmados que se desparraman en el mostrador de estaño. Su colorida fachada es una de las mejores de todo Madrid.

Texto incluido en nuestro libro ‘La Trastienda de Madrid