No sabemos con seguridad en qué fecha concreta surgió la figura del sereno. Sin embargo, hay constancia de que Carlos III descargó al vecindario de la obligación de encender y mantener los faroles que él mismo había sembrado por toda la capital, con el objetivo de mejorar el aspecto y las condiciones de seguridad y habitabilidad de la ciudad.

Años después, en 1797, siendo rey Carlos IV, se publicó un edicto que decía lo siguiente: He resuelto establecer en Madrid los serenos o celadores nocturnos, baxo el cuidado e inspección de los alcaldes de mi Real Casa y Corte y de Quartel y demás, ocho celadores para los ocho quarteles.

El edicto continuaba diciendo: El vecindario recibirá con la estimación y aprecio que merece una providencia dirigida a su común utilidad y beneficio, teniendoun auxilio efectivo con que ocurrir a las necesidades particulares en los accidentes imprevistos que se ofrecen a horas extraordinarias de la noche, en las cuales es difícil encontrar pronto recurso para llamar al Médico, Confesor, avisar a la Parroquia para la subministración de los Santos Sacramentos, y atender a otros socorros de esta clase que no admiten  espera…”

Los serenos fueron pues, en su origen, los encargados de apagar, encender y cuidar el estado de los faroles de las calles madrileñas pero también los que debían velar por la seguridad de sus ciudadanos. En aquellos años eran un total de 100 y consiguieron reducir, en gran medida, la criminalidad de las calles madrileñas.

Otra de las actividades del sereno era advertir al vecindario de la situación climatológica. Pregonaba a cada rato si llovía, nevaba o si el tiempo permanecía sereno. Las voces del sereno solían tener siempre el mismo soniquete, ¡las doce en punto y sereno! Con el paso del tiempo, los serenos también abrían los portales y cargaban con las pesadas llaves de aquellas puertas. La figura del sereno ha pervivido dos siglos y ha desaparecido cuando se ha producido un cambio cualitativo en nuestra sociedad.

Más información en Las doce en punto y sereno. Historia, avatares y anécdotas de los serenos en Madrid, de Antonio J. Gómez Montejano.